Elección (o cuando lo políticamente incorrecto se convierte en políticamente nefasto)

Una de las lecciones que me quedó de estudiar periodismo fue no dedicarme a la política. Paradójico, ¿verdad? Me tocó estudiar en los años convulsos, de crisis, donde la semilla de la marea, por un lado, y del inconformismo moderado, por el otro, dieron a luz a dos nuevas formaciones políticas que se lo pusieron interesante —porque decir complicado seria una exageración vistos los resultados— al bipartidismo y al gobierno tradicionalmente bicéfalo y “rojiazul”. Asistimos a la polarización de la sociedad, donde el radicalismo empezó a acampar a sus anchas hasta que al final se instaló la falsa dicotomía: “si no estás conmigo, estás contra mí”.

Y yo que, precisamente, soy muy ecuánime e intento encontrar siempre la vía de en medio para satisfacer a todos, comencé a padecer personalmente los efectos de este tipo de enfrentamientos. Mi vena diplomática provocaba que, dependiendo del círculo en el que me encontrara, se me tachara de “rojillo” o de tener un “ramalazo azul”. Es decir, que me hallaba siempre en medio y tendía al centro. Algo que, por otro lado, no me extraña porque en mi vida personal y profesional soy bastante moderado y estoy dispuesto a escuchar lo que tenga que decir “el del bando contrario” siempre que sea constructivo. Pero me pueden las injusticias y los comentarios a destiempo. Y como me implicaba emocionalmente en todas estas discusiones, decidí que lo mejor es que no me dedicara nunca profesionalmente a cubrir la esfera política, a pesar de que la encuentre apasionante.

No soy belicoso y, lamentablemente, en esta época la política va de eso, de pelear en guerra sin cuartel para generar ruido, titulares y alimentar al monstruo. Si a esto le sumamos el efecto amplificador del “corre, ve y dile” de las redes sociales nos encontramos en un terreno ponzoñoso en el que un titular tendencioso escrito con el ánimo de recopilar clics tiene la misma credibilidad o incluso más que una declaración contrastada pero, eso sí, menos jugosa.

Sin embargo, hoy he hecho una excepción y he incluido este post de carácter abiertamente político con motivo de las inminentes elecciones generales que tendrán lugar en España en unos días. ¿Por qué? Por miedo.

Miedo a que la crisis de valores que está provocando que la derecha radical triunfe en Europa tenga cabida aquí. Miedo a que la pasividad de los votantes de izquierda, que prefirieron quedarse en su casa en vez de ir a votar, provoque la instauración de un gobierno conservador que tire por tierra todos los años de avance social y de conquista de lucha de derechos por parte de unos colectivos sensibles. Y miedo a que un partido cuyas consignas parecen sacadas de una conversación de colegas cerrando un bar en plan “vamos a arreglar el mundo” tenga de facto poder de decisión en el gobierno central de la nación. No en vano, hace unos días el periódico “El País” tildaba a esta formación política —de cuyo nombre no quiero acordarme, pero me acuerdo bien— como el partido del cuarto gin tonic. Y no puede estar más acertado.

O puede que lo que haya detrás de la génesis de esta formación política sea el germen del odio y de una rabia inconmensurables, a la vista de los titulares que ha protagonizado en tan poco tiempo el joven partido. Sin entrar en repetir la colección de comentarios “sobrados” y gratuitos con los que han provocado al espectador en cada una de sus escasas participaciones televisivas —ahora que también han sido vetados del debate de Atresmedia—, la conclusión que se puede extraer de su discurso es que su plan es la reacción —sobre la marcha— a una serie de hechos que ellos consideran un ataque a su forma de vida. De manera que le han dado la vuelta a la tortilla a la situación de violencia de género en España, señalando los supuestos casos de mujeres que maltratan a sus maridos psicológicamente para equilibrar la balanza. Es cierto que existen casos de mujeres resentidas que toman venganza sobre su exmarido por una separación mal llevada, o expertas maltratadoras psicológicas —e incluso habrá físicas— que estén ahora mismo convirtiendo las vidas de sus esposos en un infierno. Gente mala hay de los dos géneros. Pero, ¡por el amor de Dios! Las cifras están ahí, hombre, poniendo de manifiesto la cruda realidad. Cuando al acabar el primer mes del año ya han fallecido cuatro mujeres a manos de sus parejas, ¿cómo se puede hablar de equilibrar una balanza?

Ni qué decir tiene cuando hablan del feminismo exaltado, aquel que no les representa a las mujeres del partido. Qué tristeza. Una vez más basta puntualizar para ver que su argumentario esta basado en un envalentonamiento de cafetería: el feminismo busca la equiparación o igualdad de los derechos entre hombre y mujer, porque tradicionalmente la mujer siempre ha estado infravalorada en muchos campos. El glass ceiling no es un techo solar en el coche, es una realidad con la que se topan muchas profesionales que ven truncada su carrera profesional por el hecho de ser madres o tener que conciliar una vida familiar que, por el contrario, sus parejas hombre no se ven en la necesidad de hacerlo porque se asume que serán ellas las que lo harán. Es cierto que, en el clima de radicalismo que vivimos hoy en día, siempre hay quien aprovecha el caldo de cultivo para fomentar la lucha y, ¿por qué no?, la supremacía de la mujer frente al hombre. Eso sí que sería un cambio en las tornas. Al fin y al cabo, sería comprensible, ¿no? Después de milenios hostigadas y consideradas el sexo débil, sería normal que quisieran probar ellas a llevar el timón, a ver cómo nos iba. Puede que mejor. En cualquier caso, no se puede condenar un movimiento justo y necesario por cuatro personas exaltadas. Radicales y piquetes hay en todos lados y precisamente son a esos elementos subversivos a los que no hay que hacer caso. No pueden constituir el punto central de tu argumentario.

Por supuesto en el pack están los temas estrella que el conservadurismo pelea a muerte desde tiempos inmemoriales: el aborto —que ellos tildan de moda—, los toros y la caza —van camino de llevar a dos toreros en lista si se cumplen los titulares que he leído— y la homosexualidad. Vamos por partes.

Por supuesto que fomentar la vida es importante, pero traer un niño al mundo es una decisión que conlleva una gran responsabilidad y no puede ser que dicha decisión esté tomada por el Estado cuando la realidad es mucho mas compleja que un simple sí o no. Para empezar, si se trata de un embarazo no deseado no se puede obligar a nacer a ese niño sin ser querido. Le esperan el orfanato o una vida sin amor con una madre que lo odia o no lo cuida. Pero ellos con traerlo al mundo ya han cumplido. Si lleva luego una vida de mierda o miseria eso no cuenta. Por no hablar de si la madre es una cría a la que este niño le va a tirar por tierra sus planes de carrera. ¡Cuántas familias conservadoras han escondido en su seno el aborto clandestino de alguna de sus hijas para tapar el escándalo! ¿No será mejor que exista la posibilidad de hacerlo legalmente y en condiciones seguras? ¿Pretenden que la desdichada que se quede en cinta accidentalmente tenga que recurrir a un centro ilegal como en otros países donde corre el riesgo de morir desangrada por ponerse en manos de carniceros, los únicos que se atreven a quebrantar la ley? ¡Qué manía de decidir por los demás!

De las corridas de toros y la cacería, tenía la fe de que con las nuevas generaciones esto remitiría, aunque fuera por evolución. El problema es que, si los hijos criados en el “rancio abolengo” siguen mamando en sus casas todo este estilo de vida casposo, me temo que el problema de las dos Españas seguirá siendo un mal de candente actualidad por los siglos venideros. Fíjate lo que te digo.

Y en cuanto a la homosexualidad… oí que el líder de esta formación política cuyo logo es verde chillón —como sus miembros— declaraba en un programa de entrevistas cuyo conductor se ha manifestado abiertamente amigo suyo que en el instituto él había defendido a un compañero homosexual. Además de lo forzada y encastrada que queda esa afirmación, aun creyéndome un diez por ciento de la misma, estoy convencido de que hasta dentro del colectivo homosexual hacen distinciones o clasificaciones. Porque esta gente es así. Y probablemente el amigo gay de este hombre era el típico “al que no se le notaba”, como suelen decir para disculpar lo que para ellos, sin dudas, es una lacra. Una mancha. Por muy modernos que seamos todos en el siglo XXI.

Yo no puedo bajar la guardia cuando veo cómo los crímenes del odio repuntan en nuestro país y en todo el mundo, como fruto del avance en materia de diversidad y de la visibilidad de la que cada vez goza más el colectivo LGTBI. Mientras que cada uno “se quede en su sitio”, todo es correcto. Pero en el momento en que una pareja gay quiere adoptar o “invadir” parcelas reservadas exclusivamente –hasta ahora— a las parejas heterosexuales, entonces nos salimos a la calle a manifestarnos por la familia. El modelo único y unívoco de familia que siempre ha existido y que no representa para nada la diversidad de casos que alberga esta vida nuestra. Es puro cinismo.

Uno de los fundadores del partido al que llevo remitiendo a lo largo de este post estuvo más de quinientos días encerrado en un zulo a manos de la banda terrorista ETA. Si mi mente hubiera sido torturada de la misma manera en la que lo fue él, sabe Dios qué se me pasaría por la cabeza… probablemente no tendría reparos en traspasar barreras; decir sin ningún tipo de tabú lo que nadie se ha atrevido a decir con tal de provocar; querría acabar con el modelo “blando” de sociedad actual –aquel que permitió mi cautiverio— y lo renovaría hasta los cimientos. Y con este nuevo reset, impondría el modelo que, según mi criterio, sería el definitivo y válido para evitar que ese tipo de cosas volvieran a ocurrir. Eso si la rabia y el trauma por la dura experiencia no me hubieran consumido ya por dentro…

No quiero ver convertido en realidad distopías futuristas a las que el cine nos tiene acostumbrados: todas normalmente con un gobierno radical anclado en el pasado que somete a la población a una decadencia que la hace retroceder años y años de progreso hasta un estadio anterior. Tampoco quiero realidades perturbadoras como la vivida en los últimos años en Venezuela, fruto de otro régimen totalitario, aunque ideológicamente opuesto.

La solución pasa, como siempre, por un gobierno compartido en el que la mayoría de los ciudadanos se sienta representado. La renovación de gobiernos —alternando entre la izquierda y la derecha— es lo más justo para la mayoría. Y siempre necesitando de la oposición para gobernar, porque ya hemos visto que a las mayorías absolutas las carga el diablo.

Pero ahora que nos hallamos en el momento de decidir a qué bando ideológico le toca el turno de gobernar, parafraseando a otro ser, al cual no le quedó más remedio que aceptar que la democracia era el único futuro —y cuyo nombre tampoco quiero recordar, aunque bastante se le ha mentado en el último año—, “que gane nuestro partido”.

Felices y (esperemos) prósperas elecciones.

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