El color de la vergüenza

Al volver a casa encontró a su hija de seis años pintando con afán en la mesa del comedor. El desparrame de lápices y rotuladores de colores por todo el tablero le imprimió una nostalgia reconfortante que le transportó a una época en la que el caos no era un problema.

A la vez que dejaba en uno de los sillones el abultado portafolios y el abrigo, la saludó con un  “¡hola, cariño! ¿Qué haces?” Y una mata de rizos, sin apartar la mirada del papel, le devolvió un vago “hola papá, estoy aquí, pintando”.

“Ya veo, ¿y qué pintas?” le respondió su padre, y al momento se paró a examinar uno de los dibujos de la pila de trabajos realizados.“¡Vaya, la verdad es que la cría tiene talento!” pensó mientras lo sostenía con la mano. “Oye, cielo, ¿estos quiénes son?”, le preguntó en voz alta. “Son mis amigos del cole”, respondió resolutiva la niña. “Estamos con la señorita jugando y cantando canciones”. Efectivamente, en el lienzo se podían distinguir unas cuantas figuras de la misma estatura sentadas delante de unos cubículos que por fuerza debían ser los pupitres, y, a su lado, otra silueta de anatomía similar a las demás, sólo que de un tamaño mayor, cuidaba de todos ellos.

De repente, él reparó en que una de las niñas estaba rodeada por un aura de espirales un tanto desconcertante. “¿Y a esta amiguita que le pasa? ¿Por qué tiene estas curvas alrededor de la cabeza?”, quiso saber el padre. Su hija, que andaba muy afanada por terminar su próxima obra, le respondió tras exhalar un suspiro de cansancio: “Esa es Lucía y tiene vergüenza porque no se sabe la canción. Le da corte que se rían de ella, por eso la dibujé así”.

“¡Hay que ver la ocurrencia de la “renacuaja”!, ¿y tú tienes sólo seis años?”, se maravilló él. “Aunque bueno, ahora que me doy cuenta, tiene todo el sentido del mundo. Las curvas son de color rosa. Claro, ¿y de qué color se pone la gente cuando se ruboriza? ¡Pues rosa, no cabe duda! Me sorprende la suspicacia de esta niña con tan poca edad ¡Qué lista es!”

Y queriéndole hacer partícipe de su regocijo y a modo de alabanza ante su precoz raciocinio, el papá le dijo así a su nena: “Es verdad, mi vida. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Lucía está avergonzada y por eso la pintaste de rosa, ¿verdad que sí?”

En ese preciso instante, y por primera vez, la niña salió del trance en el que se encontraba y giró la cabeza para contestar a su padre: “¡Papá, no te enteras! ¿Cómo quieres que sepa cuál es el color de la vergüenza? La pinté de rosa porque me dio por ahí… fue el primer “rotu” que cogí. Pero podía haberla pintado de amarillo o de naranja, ¿qué más da? Lo importante es su boca, que está triste, ¿lo ves?” Y dicho esto, la benjamina volvió a quedarse absorta mientras realizaba su hipnótico movimiento con el brazo derecho, coloreando de manera irregular con trazos las nuevas formas de su creación.

Su progenitor, “ojiplático” perdido, no podía articular palabra. Había comprendido que la lógica del mundo adulto le había condicionado, como a todos. No así a la inspiración infantil, cuyo límite no está escrito y las posibilidades son inimaginables. Eso sí, dentro de ese “totum revolutum” había un sentido que, en buena parte de las ocasiones, irónicamente faltaba en el mundo organizado y preestablecido de los mayores. De pronto añoraba los tiempos de niño, cuando él también dibujaba y era un espíritu libre. Los pragmáticos años de oficinista habían borrado por completo esos recuerdos hasta ese momento. Pero quería volver a vivirlos, esta vez con su pequeña, así que decidió recoger el testigo y ponerse manos a la obra con ella: “¿Sabes qué te digo? ¡Qué tienes toda la razón, tesoro! ¿Quiénes somos nosotros para decidir de qué color es la vergüenza? Lo mismo es de un color distinto para cada persona, porque cada una transmite una energía distinta, ¿verdad? ¡Venga, yo también voy a dibujar contigo! Por ejemplo, voy a dibujar la oficina de papá, ¿ves? Este soy yo y este es mi compañero Luis, que es un envidioso y por eso mira mal a papá. Así. Ahora, siguiendo tu ejemplo, voy a colorear su envidia de… pues no sé, de amarillo mismo. Ya está”.

Su hija giró la cabeza para observar el dibujo que le mostraba. Le echó un breve vistazo, tras lo cual, dirigió su mirada hacia él y en tono condescendiente sentenció: “¡Papá, todo el mundo sabe que la envidia es verde!”. Y acto seguido le volvió la espalda de nuevo.

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