Últimamente me sobreviene de forma recurrente la idea de que toda mi vida he estado subido sobre un pedestal que no me pertenecía. Que no merecía. Admirado y vanagloriado por mis seres más cercanos. Como ejemplo de estudiante sobresaliente. Como exponente del trabajador incorrupto. Excelente sobre los excelentes. El que nunca falla. El que todo lo puede…
Mi aura sobrenatural acabó por fagocitar al mundano mortal que soy. Con sus miedos y sus inseguridades. Tan grande como me ven algunos, y cuán pequeño me puedo sentir y volver en un instante. Ante esta revelación, yo me pregunto: ¿quién me puso en ese condenado pedestal?
Creo que el cargo me vino de forma temprana, cuando apenas despuntaba la tierna edad de cinco años. En casa de mi abuela, correteando con mis primos, mi tía Rosi me espetó: “qué bueno es Alberto”. A partir de ahí, como si de una bendición impuesta con las manos se tratara, el poder de esas palabras pareció conducirme por un sendero en el que educadores, jefes, familiares y amigos se encargaron de alimentar una imagen superlativa de mí. Una versión tan mejorada de mi persona contra la que, en mis horas más bajas, resulta imposible competir. Pero al mismo tiempo inflada, estirada, dada de sí. Que me mira con condescendencia desde ese pedestal heredado, sabedora de que puede ceder bajo sus pies en cualquier momento, y que me cuestiona: ¿qué has hecho tú para merecerlo?
