Las letras

Las letras

Recuerdo los inicios de septiembre con olor a libros nuevos y letras. Las que éstos encerraban en su interior y las que mis padres tenían que pagar cada mes para poder costearnos a mi hermano y a mí los manuales a estrenar con cada nuevo curso escolar.
En esa época del año, la papelería de mi barrio se convertía en una especie de fideicomiso o prestamista que, con mucho que perder y no tanto que ganar, permitía a familias humildes como la mía poder adquirir los libros de texto y pagarlos a plazos. Sin ningún tipo de interés y permitiendo solventar la deuda al ritmo con el que cada núcleo familiar pudiera. En otras palabras: con dignidad.
Y aunque noble, era ésta una empresa muy arriesgada, la verdad. Porque el único aval que pedían a cambio era la palabra y no todo el mundo es igual de cumplidor. Pero Maribel, al frente de su papelería homónima, impidió que a mis padres se les atragantara una más que empinada cuesta de septiembre. Para que luego digan de la de enero…
Su altruismo les convirtió a su marido y a ella en mecenas de niños como yo, estudiosos, pero con pocos recursos. ¡Con qué ilusión llegaba a casa con la bolsa repleta de la papelería, esperando hojear la nueva colección! Y consciente del esfuerzo que suponía por ambas partes, siempre di un buen uso a ese material. Porque cada septiembre acompañaba a mi madre en el momento en que dejaba la señal inicial. Y volví también con ella todas las veces que regresó hasta completar el pago. Siendo testigo. Letra por letra. Como muestra de mi compromiso con la causa. Como diciendo “aquí estoy yo, la mejor garantía de inversión”.
Y así fue hasta que crecimos y llegamos a la facultad, donde las cosas se mueven por apuntes y fotocopias. ¡Pero qué bien vendría una Maribel en cada universidad! De seguro que humanizaría mucho más las cosas…

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