Antes siquiera de que me lo planteara, el mundo se encargó de decirme quién era. Como un spoiler que te arruina un gran final sin poder llegar a él por tus propios medios. Que no te deja elección. Ellos ya habían decidido por mí.
Y dieron igual los años que pasé hibernando esa dimensión de mi persona. O que el letargo durara veintidós largas primaveras. Tampoco importaron las imposturas o la faceta que mostrara de mí. Y mucho menos lo que yo afirmara por esa boca. Los jueces habían dictado sentencia y resultaba que era culpable.
No había defensa posible. Tal vez alguien quiso concederme el beneficio de la duda, pero todos actuaron con condescendencia. Salvo mi madre, cuya lealtad no se fijaba en esas cuestiones. Yo era yo. Y punto. Lo demás, ya se vería. Y finalmente se vio. Confesé —porque en verdad sentí la sensación amarga de reconocer un pecado— ante todos y, afortunadamente, no pasó nada malo. Se cumplieron los pronósticos y todo el mundo permaneció a mi lado. Pero me habría gustado descubrirlo por mí mismo, sin que nadie se me hubiera adelantado. Sin que me quedara esa sensación de ver un “lo sabía”, o peor, un “te lo dije” en cada uno de los rostros de las personas que conocía.
Al fin y al cabo, tenía toda una vida para recoger la etiqueta que tan afanosamente el mundo se había empeñado en colocarme, ¿verdad, marica?
