Expulsado del Paraíso

Hace apenas unos días tuve la oportunidad de tocar el cielo con los dedos. Y sin yo saberlo, mi mente quedó enredada entre un cúmulo y un nimboestrato, porque mi cuerpo volvió a la tierra, pero mis pensamientos siguen estando allí en lo más alto.

Durante mi estancia en ese paraíso terrenal probé la ambrosía de la autorrealización. Y este néctar era embriagador y vigorizante. Cuanto más tomaba, más quería. Y durante los cuatro días que me estuvo permitido visitar el Olimpo bebí sin descanso y tragando profundamente, a sabiendas de que muy pronto tendría que resistir con mis reservas propias la implacable sed del desierto que es este mundo.

Ahora me encuentro al otro lado de la puerta del Jardín del Edén, como Adán y Eva, recordando el júbilo con el que viví recorriendo sus praderas, y al mismo tiempo, preguntándome cómo sobreviviré ahí fuera, conociendo de la existencia de lo que hay dentro; y lo más importante, si alguna vez tendré la oportunidad de volver a entrar.

¡Y es que fue tan maravilloso sentir lo que sentí! ¡La felicidad existe en el interior de esas paredes! Pero me temo que es un tesoro reservado para unos pocos privilegiados. ¿Qué puedo hacer para que la frustración no me consuma? ¿Para evitar acabar como Alicia, internada en un manicomio, al regresar de su mundo de las maravillas?

Sólo se me ocurre una cosa: fabricar mi propia felicidad. Antes de abandonar el templo de las vanidades, me llevé conmigo una pequeña tea de ese fuego llamado ilusión. Con ella estoy intentando mantener viva la hoguera de mi esperanza. Cada día la alimento con mis aspiraciones, mis sueños y mis pequeños pasos. Remuevo las brasas para que no se sofoque, y la avivo con grandes dosis de fuerza de voluntad. Y mientras la miro, veo en las llamas el recuerdo de esos inolvidables días en el paraíso. Pero no permito que las ensoñaciones me atrapen en el pasado o en el futuro.  Mantengo mi cabeza en el presente y en las cosas que hago en el momento. Porque sólo así podré evitar que se apague.

4 comentarios en «Expulsado del Paraíso»

  1. Bella, extraordinaria, conmovedora y brillante reflexión sobre ese íntimo secreto que es la gestión del (aparente) fracaso en la consecución de nuestros objetivos. Y digo aparente, porque la persona con talento, como bien señalas, posee el don de transmutar la frustración en oportunidad, no sin un duro y lesivo proceso de digestión previo, que quizás sea el responsable último de ese cambio de perspectiva que nos permite aceptar las circunstancias y seguir caminando con un anor propio renovado.

    Creo que retratas a la perfección un sentimiento que pocas veces se confiesa en esta sociedad predispuesta a etiquetar como fracaso lo que simplemente es un caso, una opción que puede ocurrir al intentar algo. Quizás el éxito y el fracaso deban considerarse dos caras de un triunfo, porque el verdadero fracaso sin duda es evadir el riesgo, no intentarlo.

    Texto digno de una columna. Bravo.

    1. Querido Nacho: ¿Cómo corresponder a tan elocuentes halagos? Mi mayor satisfacción es que un texto sin pretensiones, fruto de un desahogo personal, como es éste, haya obrado la magia de conectar contigo y tus circunstancias, y que te hayas visto reflejado en él. Esta comunión es el regalo inesperado a mi labor “frustrada” de escritor. Gracias.

  2. Alberto, frustrada?? Y lo has hecho ahí arriba q es? No te pongas limitaciones, si algo tenéis Naxo y tú en común es la no aceptación del fracaso y el saber sacar partido de las situaciones frustrantes para dar un pasito más hacia un nivel superior.
    Sólo decirte q tu paraíso terrenal, esta en tí.

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