-Doctor, ¡vengo a que me extirpe la pasión!
-Ya… y ¿puedo preguntar por qué alguien se prestaría voluntariamente a ser un aséptico?
-Porque no me deja vivir. Es una continua desazón que me quita el sueño y que me impide ser feliz. Necesito la paz que me daría estar sin ella.
-Pues lo siento pero me temo que no puedo hacer tal cosa.
-Pero entonces, ¿qué se supone que voy a hacer?
-Tendrá que aprender a vivir con ella con todo lo que eso supone.
-No sé si podré. Por eso acudí a su consulta. Porque a veces siento que esta furia insatisfecha un día me resquebrajará por dentro. ¡Qué bonito y esperanzador fue encontrarla, y al mismo tiempo, qué sentimiento tan amargo me produce no poder dedicarme a ella en cuerpo y alma!
-Bueno amigo, eso es la vida. Nos pasamos nuestra existencia buscando un sentido y cuando lo encontramos, suele ocurrir que no siempre es como lo habíamos imaginado. Pero si me permite un consejo, le diré que nunca podrá desaferrarse de su pasión. Porque ese escozor que siente ahora es el mismo que le impulsa a seguir viviendo. Créame, es preferible que ese resquemor le parta en mil pedazos su ser y aprender a vivir recomponiendo los trozos, que no sentir nada. La apatía es el peor de los signos. Mientras esa pasión siga encendida le recordará a usted que sigue vivo.
-Poca luz le queda a esa lámpara, si le digo la verdad. Cada día me cuesta más mantenerla encendida.
-Es que en este mundo nada da lo que nada tiene, y por el contrario, para recibir hay que aportar. La ilusión es una de las llamas que más energía demanda. Unas veces es más fácil que otras mantenerla con vida, pero son muchos los vaivenes a los que se encuentra expuesta y, al final, se acaba apagando. Pero hay que volver a encenderla a como dé lugar. Y empezar de nuevo con una llama nueva y fortalecida de las cenizas de la anterior. Y esto, querido paciente, sucede no una ni dos, sino muchas veces a lo largo de nuestra existencia.
-Pero duele…
-Ya lo creo… pero estará conmigo en que no es la primera vez que se encuentra con este viejo conocido, ni será la última. El dolor es inherente a la vida y escapar de él, eso sí que es una quimera. Hágame un favor: intente recordar algún hecho que en el pasado le hiriera y que a día de hoy haya superado. ¿Recuerda cómo fue de dulce el momento en el que comprendió que había dejado atrás esa vivencia? Esa promesa es a la que hay que aferrarse. Al fin y al cabo, como se suele decir, no hay mal que cien años dure.
-¿Y no puedo tener eso ya?
-No intente saltarse capítulos de su vida y consuélese pensando en que tal vez su destino le tenga deparados otros caminos que le hagan olvidar éste que tan empeñado está en recorrer.
