Juan Antonio Bayona ha vuelto por la puerta grande, apoyado por la potente maquinaria de Mediaset España y por las alabanzas de la crítica y medios nacionales, alcanzando en apenas tres semanas los 15 millones de euros con su último largometraje “Un Monstruo viene a verme”.
En las múltiples campañas promocionales que se han emitido desde que se estrenara la película hemos podido asistir a una cascada de personas saliendo del cine asegurando que cuando la veas acabarás llorando con ella. Se mantiene una vez más el sello Bayona, quien ya provocó gimoteos y mareas de fluidos en el gran público con sus dos primeras películas: “Lo imposible” y “El Orfanato”.
Sin embargo esta entrega se presenta mucho más sencilla que sus predecesoras. Lejos del ruido generado por el boca a boca y la predisposición a ver un dramón con mayúsculas –ya en el tráiler el hecho de ver a la madre del protagonista con un pañuelo en la cabeza en la habitación de un hospital te adelanta que la cosa no pinta bien–, este relato te va cautivando lentamente con muy pocos elementos.
Aparentemente es la típica historia vista ya en la gran pantalla: un joven adolescente con una familia desestructurada y problemas de integración social descubre lo que es el mundo adulto y debe enfrentarse al dolor más duro que existe en él: la pérdida. Hasta aquí, nada nuevo, todo correcto. Es entonces cuando entra en escena el monstruo, encarnando el alma de un tejo milenario al lado de una ermita abandonada. Desde la colina donde se encuentra enraizado, gobierna el cementerio. Y esta postal romántica y tenebrosa son las vistas que tiene nuestro protagonista desde su ventana. Pero lejos de amilanarse, Connor O’Mally (Lewis McDougall), con sus ojos tristones y su físico enclenque, encara al monstruo y le pide que le deje con sus asuntos, como quien le dice a un conocido que no le moleste cuando más ocupado está. La criatura, a medio camino entre amigo y mentor, le llevará a través de una senda de revelaciones por medio de tres cuentos –el número mágico en ficción– hasta que sea el propio Connor quien le revele la gran verdad que lleva dentro. Una estructura que recuerda a la empleada por Guillermo del Toro en su “Laberinto del Fauno”.
Una fantasía colorista, materializada en un cautivador mundo de acuarelas digno de los mismísimos hermanos Grimm, se entrelazará con la cuidada y fría fotografía del mundo real. En este otro lado acampa la abuela de Connor, encarnada por Sigourney Weaver. Con sus formas rectas y su disciplina férrea, es la encargada de romper la burbuja que Connor se había hecho con su madre (Felicity Jones) y devolverle a la realidad. Pero su abuela también es humana y toda esta situación se cobrará en ella un paulatino cambio físico. La escena del reloj, en la que Sigourney se contiene, aun a riesgo de que la furia que lleva por dentro la resquebraje, es sencillamente genial. Una de las escenas más célebres del film sin duda.
Pero lo absolutamente soberbio y por lo que merece la pena ver esta película es por la forma en que es contada. No encontraremos grandes sorpresas ni adornos imposibles. En realidad, como se suele decir, todo lo que se cuenta ya está inventado. No obstante, hay una autenticidad en la interpretación y en la actitud de los personajes que te hace darte cuenta de que existe un pequeño giro con respecto a este tipo de historias. Connor no es presentado como una víctima al que todos tengamos que llorarle. Se trata de un muchacho más que busca su lugar en este vasto mundo al que le toca lidiar, como muchos otros, con las trabas que le ha puesto la vida. Y lo afronta como un individuo mundano, lejos de las formas presuntuosas del héroe de ficción. Por ello, se establece una empatía con él que provoca en el espectador de forma legítima un sentimiento de tristeza que remueve el mantra que todos llevamos dentro: este tipo de historias existen y ocurren todos los días. Pero el muchacho le echa tanto valor que apenas le vemos venirse abajo… y eso es precisamente lo que quizás conmueva más. Sencilla y contundente. Este monstruo, sin duda, “te tocará la patata”. Lo de llorar, eso ya va con la persona.
