Un entusiasta y amargo ‘lalala’

Un entusiasta y amargo ‘lalala’

Ha vuelto a pasar. De nuevo una película ha copado todas las miradas de prensa y críticas especializadas para convertirse en el fenómeno del que todo el mundo habla, para bien y para mal. Pero con las pasiones es así. No hay punto medio. En mi caso, la reticencia inicial a ver un musical desapareció con el primer ‘dabadaba’ a los pocos segundos de comenzar.

Al igual que el término inglés, ‘catchy’, para referirse a una canción pegadiza que te atrapa, yo no solo me dejé atrapar desde el principio sino que me entregué con los brazos abiertos a este número musical, colorista y contagioso. Un entretenimiento blanco y nostálgico que me transportó a la época dorada de Hollywood, donde las penas son menos con un buen compás que las respalde. Si hasta aparecen farolas de la nada por si es necesario arrancarse con unos pasos de baile para impresionar a tu chica al estilo de Gene Kelly en ‘Singing in the rain’.

No en vano estamos en la tierra del ‘lalala’ (Lalala Land), donde cualquier momento tiene su banda sonora y los besos siempre acaban con un fundido a negro. ¿Dónde sino aquí un atasco en la autopista y con un sol de justicia podría convertirse en una improvisada parade?  ¿Dónde, además de aquí, se podrían encajar los sinsabores de la vida del artista con tanta elegancia, dramatismo y frivolidad a partes iguales?

Sí señor, los rasgos de Hollywood. Unos rasgos que han sido potenciados con este crossover continuo entre la época actual y la de los grandes musicales del cine americano. Smartphones y redes sociales conviven con coches y vestidos de aires retro en un mismo universo que recoge lo mejor de cada mundo. Y también están las envidias –esas son atemporales– y la falta de respeto hacia las jóvenes aspirantes a artista que son tratadas como un simple número. Cuyas ilusiones son pisoteadas por una directora de casting que no aparta la mirada del teléfono, o que interrumpe la prueba en su punto más álgido –aquel en el que la muchacha se ha abierto en carne viva– para pedir un capuccino, o que despacha al manojo de nervios que tiene delante con solo escuchar una simple frase del guion.

De estos constantes atropellos entiende bastante Mia (Emma Stone), una de estas jóvenes aspirantes que comparte piso con otras tantas de su condición, y que vive permanentemente abatida con cada humillación recibida. Pero lo bueno de los musicales es que en apenas unos segundos tus amigas te levantan el ánimo con una coreografía que acaba en una de las suntuosas fiestas del distrito más importante de Los Ángeles. Hasta aquí podría tratarse de la típica película de chicas adolescentes buscando alcanzar su sueño, noña y plana, pero el empaque del número y la maravillosa banda sonora creada por Justin Hurwitz convierten algo que podría haber quedado en un burdo intento, incluso zafio, en algo sofisticado y encantador.

En el lado opuesto, pero en la misma dirección, se encuentra Sebastian (Ryan Gosling), un músico de jazz empeñado en rescatar este género de su aparente decadencia y abrir un club donde mantenerlo vivo. De hecho, es un purista. No permite extravagancias ni coqueteos con otros géneros que puedan desvirtuar la intocable herencia que dejaron exponentes como Hoagy Carmichael, del cual, afirma tener un taburete sobre el que sentó. Pero a pesar de su entusiasmo y pasión, él también tiene que vivir y aceptar trabajillos de poca monta. Así es como conoce a Mia, aunque como suele ocurrir en este tipo de historias arrebatadoras, el comienzo no será precisamente un paseo por las nubes.

Tanto mejor. Los amores reñidos, ya se sabe. Y en ese viaje de descubrimiento del uno al otro nos empapamos de la candidez y la ilusión de dos extraños que empiezan a conocerse, primero como personas, y después como artistas. ¡Pues menudos bailarines están hechos Emma Stone y Ryan Gosling! No conocía yo esas cualidades para el claqué. Además está esa química que les convierte en una pareja deliciosa, que encandila y no empalaga. El baile por las estrellas en el planetario del Observatorio Griffith –el mismo de  ‘Rebelde sin causa’ (ahí dieron directo en mi corazoncito cinéfilo)– es una de las metáforas visuales más románticas a las que he asistido en años. La dulzura en esos movimientos y en esas melodías aterciopeladas y vibrantes, como si cantaran pájaros silvestres, me transportaron junto a la pareja de bailarines, más allá de las nubes.

Pero en algún momento hay que poner los pies en el suelo. El camino de la autorrealización puede conllevar algún que otro peaje, y no podemos dejar que las distracciones del mundo onírico nos saquen de la carretera. Pasar del mostrador de la cafetería de la Warner a su plató de rodaje requiere de un valor que muchas veces se ve demolido por las inseguridades que nos confiere este mundo cruel. Es imposible para los que nos dedicamos –o pretendemos dedicarnos– a la profesión periodística o comunicativa no empatizar con Mia cuando esta se rompe. ¡Cuántas veces el pensamiento racional de elegir una actividad más estable, más lucrativa y menos expuesta, se ha pasado por nuestra mente para tentarnos y dejarlo todo!

Suerte que Sebastian anda cerca para rescatarla de perderse en ese maremágnum que suponen esas cavilaciones, y reconducirla directa a su sueño. O espera, ¿no es al revés? O quizás fue mutuo… Lo único que tengo claro es que ese maravilloso epílogo –con decorados de cartón piedra de estética broadway y cuerpos de ballet interminables, típicos del teatro musical– hizo que me conmoviera en mi butaca y que regresara yo también a la realidad. Como si volviera de un dulce viaje cuyos posos empezaba a notar desde el mismo momento en que apareció el rótulo ‘The End’ en pantalla.

Sin duda, el mayor logro de ‘Lala Land’ es resultar convincente y sincera, no solo a nivel interpretativo, sino musical. La capacidad de Hurwitz para transmitir emociones tan abstractas como la ingenuidad, la picardía o el abatimiento a través de su música es algo que solo saben hacer unos pocos. Por eso cuando lo encuentras te impacta tanto, porque te pellizca el alma (como con el tema de Mia y Sebastian sonando por el altavoz).  Bravo también por el director, Damien Chazelle, quien con apenas 31 años ha sabido crear este mundo interior tan rico en matices y contarnos esta historia con el ritmo narrativo que requería su musicalidad.

Y con la misma sensación de quien acaba de despertar de un sueño, todavía con una sonrisa agridulce, me descubro animándome a entonar los primeros acordes de ‘City of stars’ o ‘Another day of sun’, melodías que ya me acompañarán por siempre al igual que muchos otros  clásicos que forman parte de la banda sonora de mi vida.

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