Cuando más ensimismado parece estar uno en su rutina y en sus cavilaciones del día a día es cuando a la vida le da por pegarte un porrazo y, sin avisar, te saca de tu particular rueda de hámster para enfrentarte a una realidad cruel, inimaginable, como de ciencia ficción. Que te aturde y te zarandea, como el viento con la ropa colgada en la cuerda. Y en medio de todo eso comprendes que nada de lo que habías dado por sentado hasta ahora vale un carajo.
En los días que siguieron a la fatídica llamada en la que me comunicaron tu ingreso en el hospital, en esas interminables esperas, todas nuestras conversaciones empezaron con un “quién iba a pensarlo” o un “cómo es posible que esté sucediendo esto”, pero no era momento para centrarse en culpabilidades o remordimientos. La díscola realidad estaba ahí y no dejaba lugar a dudas: estabas encamado en la unidad de cuidados intensivos y los médicos temían por tu vida. Los primeros sorprendidos fuimos nosotros. Nunca se nos pasó por la mente que una gripe pudiera desencadenar estas consecuencias. Pero la prudencia extrema de quienes te atendieron nos hizo desconfiar de nuestras propias convicciones. Y el miedo se instaló en nuestros corazones.
Después de verte entubado y sedado, la verdad, no quedaron muchas reservas de moral para llevar la contraria al diagnóstico reservado del doctor. Nos sumimos en una oscuridad que duró dos noches. Las dos primeras vigilias en las que descansar era algo impensable, al menos, hasta tener el consuelo de saber a lo que te enfrentabas. A lo que nos enfrentábamos.
Comenzó entonces una agonía silenciosa en la que cada día íbamos conociendo una noticia nueva y, con ella, dábamos un paso más hacia la tan ansiada recuperación. Pero ¡qué cortos se hacían esos cinco minutos diarios con el doctor! ¡Era como estar muertos de sed y que nos dieran a beber un ligero sorbito! Necesitábamos saber más, queríamos verte despierto cuanto antes, pero no podía ser. Una vez que se bajaba la ventanilla no había más información hasta el día siguiente. Y no éramos los únicos en esa procesión del desgaste. En las caras del resto de familiares se evidenciaba el cansancio y la desazón de quién lleva esperando incontables horas. Lo peor, la sensación de que el tiempo no avanza. Contigo tuvimos suerte porque, aunque fue como una montaña rusa, con sus subidas y sus bajadas, en ese desfile de caras –yo conté tres doctoras y tres doctores, todos ellos de muy variopinta edad– siempre obtuvimos avances con cada visita.
Sin embargo, en ese vestíbulo tenuemente iluminado se oyen todo tipo de historias, y tu tía Juli, que ya sabes que es sociable y humana a partes iguales, acabó por hacer amistad con varios de nuestros forzosos acompañantes en esas horas tan bajas. Como el gitano de mediana edad cuya mujer llevaba dos semanas en coma, aparentemente sin cambios. O la madre de tu compañero de “box”, el muchacho latino, al que cambiaron de postura en innumerables ocasiones a consecuencia de la terrible neumonía que sufría.
Recabar tu historia clínica fue como estar dentro de esa serie de televisión con el médico tan borde. Los profesionales no eran capaces de encajar las piezas del puzzle. Por lo visto los síntomas eran contradictorios entre sí. Y nosotros, mientras asentíamos con cara de idiotas del otro lado, no podíamos sino resignarnos y esperar que las pruebas que te hacían dieran su fruto pronto. Debió ser ahí cuando tu tía Juli pensó que toda ayuda era poca, y presta y rauda fue a su casa y rescató para ti la estampita del sagrado corazón de Jesús, por aquello de que una manita extra nunca viene mal. Ya sabes la confianza que ella deposita en esas cosas. Dulcemente la colocó en el alféizar de tu ventana para que te acompañara. Y como la fe es algo universal, no es de extrañar que a los pocos días apareciera tu tía Rosi con otra estampa acompañada de un crucifijo y con tierra de Getsemaní, nada más y nada menos. De esta forma, se quedó configurado a tu vera un altar improvisado, entremezclado con las cajas de los fármacos que te estaban inoculando, y al cual, lo próximo en su ampliación hubieran seguido unas velas. Pero creo que habría quedado demasiado tétrico. Y realmente tuvo muy corta vida, pues los enfermeros de la UCI –jamás podremos agradecerles por completo lo simpáticos y amables que fueron contigo y con nosotros en todo momento– decidieron trasladar las “reliquias” al cabecero de donde nacían las vías y cableado que te colgaba, cual Robocop. ¡Pues vaya disgusto se llevó tu tía Juli por un instante pensando que le habían robado la estampita que con tanto amor te había traído! Eso sí, por dentro y sin decir ni mu’, porque sabes que ella con tal de no molestar se lo guarda para sí misma. Menos mal que el trance duró poco. ¡Cómo le cambió la cara cuando vio que tenía a “su Señor” sobre tu cabeza para velar por ti desde un mejor lugar!
No soy teólogo y no sé lo que hay o lo que deja de haber por encima de nuestras consciencias, pero el caso es que, con tanta matraca, parece ser que a alguien de arriba le llegó el mensaje y los acontecimientos se precipitaron. Dieron con el foco de la infección y actuaron para cortarla de raíz.
Cuando me explicaron cómo te iban a hacer el drenaje que liberaría tu hígado de la ingente cantidad de pus que había provocado la dichosa bacteria culpable de todo, yo no podía alejar de mi mente la imagen de un banderillero que va a entrar a clavar en el lomo del toro. Luego me venía otra imagen distinta, esta vez la de una aguja gorda como las que se emplean para tejer. Como ves, todas ellas, ideas absurdas que mi cerebro me enviaba para protegerme y no pensar en otras más dañinas, como un trágico desenlace por culpa de un contratiempo fatal pinchando una arteria.
Por suerte todo fue rápido y sin incidentes. Mira tú, tu madre, que la noche anterior te había visto pasar en tu camilla de reojo, como cuando uno se tapa la cara con las manos viendo una escena de miedo, y en cambio al día siguiente, una vez terminado el drenaje, corría persiguiendo tu cama aún a riesgo de caer redonda al suelo y haciendo gala de la mayor de las incoherencias, pues ya sabemos que no puede con estos avatares de heridas y vendas porque tiene muy poco espíritu.
A partir de aquí, todo fueron noticias buenas. Comenzabas por fin tu proceso de recuperación. Pero todavía seguías sedado y conectado a una máquina. Y yo quería verte ya despierto y, lo más importante, escuchar tu voz. Parece mentira, con la de veces que te he mandado callar todos estos años, pero lo que más me apetecía era oírte. Porque tu persona y tu alma fluyen por esa boca tuya. Parlanchín y comunicador locuaz. Eres un ser eminentemente social y necesitas expresarte en todo momento con quienes te rodean. De hecho, en los pocos lapsos que estuviste semiconsciente, lo primero que gesticulabas siempre eran dos cosas: “no puedo hablar y quiero agua”. Hijo mío, cuatro años de medicina ¿y me pides que te dé agua entubado como estabas hasta la tráquea? Es una broma, no me lo tengas a mal. Esta claro que en esas circunstancias prima el instinto y el raciocinio está bajo mínimos o simplemente ni se le espera.
A quien no esperábamos, pero acudió raudo y veloz, fue al séptimo de caballería: todos tus tíos y tías, primos y primas, amigos y conocidos que vinieron a verte no una ni dos, sino muchas veces y que se portaron contigo de una manera formidable. A ver, no es que no se les esperara, es que durante esos primeros días de crisis tuvimos que gestionarlo en la intimidad. No por egoísmo, sino porque no teníamos cabeza para pensar en nada más. Y aparte no queríamos preocupar a nadie por anticipado. Pero lógicamente tuvimos que empezar a abrir el cerco: primero, a los familiares más cercanos y, luego, poco a poco a tu círculo más íntimo de amistades.
De manera improvisada me convertí en radiador de tus noticias, ejerciendo de forma amateur la labor de periodista por medio de unos mensajes de whatsapp atropellados con los que me comunicaba con todos e intentaba llegar a la mayoría de personas de la forma más eficiente posible. Porque en esos momentos no se está para malgastar energías y contar la misma historia una, y otra, y otra vez, podía ser interminable. ¡Hay que ver cuánta gente te quiere y cuántos siguieron tu evolución con nosotros!
Todo ese cariño enorme lo sentiste de una manera más cercana en tu núcleo duro de amistades, que se relevaron para acompañarte en las primeras horas de la noche cuando a la familia ya nos quedaban pocas fuerzas después de haber pasado contigo toda la jornada. Cristina fue una cuidadora nocturna de primera, sobre todo en las cuatro semanas que siguieron hasta tu recuperación, y, Alicia, a la cual conoces ya prácticamente de toda la vida, no sólo te proporcionó cuidados, sino que te pasó de estraperlo provisiones con una elevada concentración de calorías, las cuales, te ayudaron a sobrellevar la estricta dieta que te impusieron, aparte de controlar al monstruo que te nace cuando estás hambriento. Y si no, que se lo digan a tu tío Sergio que acudió en tu ayuda esa aciaga tarde que te tocó estar en ayunas –después se supo que para nada– con una palmera de chocolate que fue tu salvación.
Estas aventuras tuvieron lugar mientras afuera llovía a cántaros. Raro era el día que no se despertaba gris o nublado, que hasta el cielo parecía acompañarnos en nuestro estado de ánimo, llorando lágrimas de agua que dificultaban la circulación y que me hacían “cagarme en lo más barrío’” cada vez que tenía que cruzarme medio Madrid para venir a verte. Y, sin embargo, el día de tu alta el sol estuvo instalado en medio de un cielo azul sin una sola nube que empañara el alivio que suponía que dejaras y dejáramos atrás esta horrible experiencia. Avanzabas despacio y desorientado –normal, después de haber vivido más de un mes entre esas cuatro paredes–, y eso que tú querías irte en metro. ¡Menos mal que llevé el coche!
Durante el camino fuimos hablando, despacio, y tu voz no era más que un hilillo irregular, como cuando tienes un “gargajo” en la garganta que ni sube ni baja. Tanto tiempo entubado te dejó esa secuela. Y de hecho, aún no lo sabías, te quedaban muchas semanas por delante antes de que recuperases la voz por completo. Pero para mí, en mi mente y mi recuerdo, siempre perdurarán esos primeros días en los que callaste y, uno detrás de otro hasta contar ocho, esperamos con resignación el momento de volver a escucharte.

Muchas gracias hermano, es precioso lo que has escrito y me he emocionado mucho. Te quiero.