Hubo una época en la que mis amigos y, por extensión, mi menda estuvimos abonados al “mundo boda”. Seguro que muchos saben de lo que hablo por experiencia. Esa mágica etapa en la que empiezan a eclosionar bodas a tu alrededor, como los capullos abiertos en flor al despertar la primavera, de la que no puedes escapar por mucho que te lo propongas. Bueno, una amiga mía, Gloriuchi, es una doctora honoris causa en la materia, a razón de cinco bodas al año durante un lustro por lo menos. Y yo me quejaba cuando se me juntaron tres. ¡Al lado de mi amiga soy un burdo aficionado!
Pero, claro, la vida es así. Va por ciclos. Y al parecer nuestro reloj biológico está sincronizado de forma que, cuando a uno le suena la alarma, le suena a la vez a unos cuantos más. Sobre todo, cuando se comparte edad. Si los que vivimos en Madrid tenemos la mala costumbre de salir a comer a la misma hora del día, de ir al cine el mismo día de la semana y de salir de viaje la misma semana del año, con mayor razón entonces lo de coincidir en un acto tan programado –por la society– como es el casarse.
Como suele decirse, un momento para cada cosa y una cosa para cada momento. Lo que nos lleva a concatenar la conclusión fundamental que sigue a cualquier enlace –ya sea religioso o civil– y que se puede resumir en la típica pregunta mamporrera: ¿Y los niños pa’ cuando?
Sí, amigos. Sólo los que lo han vivido saben lo que se siente al aguantar el ya tradicional martilleo constante por parte de familiares y amigos soltando estas cinco palabras que resuenan en sus cabezas con el soniquete de una taladradora –se me antoja– a las cuatro de la tarde en plena siesta. Lo de responder educadamente y otros remedios del manual para mantener la paz interior dan para una conversación aparte, pero no nos alejemos del hilo principal. Apliquemos el silogismo: si el resultado más inmediato de dos amigos que se casan es que tengan “churumbelencia” (churumbeles + descendencia), si de repente muchos amigos coinciden al casarse a la vez, por ende, muchos amigos coincidirán al tener hijos. Conclusión: “habemus” nuestro particular “baby boom”.
Y de esta forma ha sido cómo hemos pasado de ir de boda a en boda a ir –próximamente– de bautizo en bautizo. Bueno, en verdad eso irá en función de si los padres son religiosos. Y teniendo en cuenta que los bautizos suelen ser con la familia más cercana, podemos decir mejor de “baby shower” en “baby shower”.
La primera vez que escuché este concepto fue de boca de una compañera de trabajo nacida en Colombia –normal, la costumbre viene de los “estados juntitos” de América, cuya influencia es muy sentida en el sur del continente–, y sufrí una especie de cortocircuito mental tratando de procesar literalmente el significado de la palabra: algo así como la ducha del bebé. Para los que no estéis familiarizados con estas moderneces –aunque me extrañaría, porque hasta las mamis de cincuenta años ya saben que es eso de Halloween (Halliwell, que diría la mía)–, este evento consiste en reunirse con la felizmente embarazada y futura mamá para agasajarla con regalos ante el inminente acontecimiento como es traer una nueva vida a este loco mundo. Con lo cual, podríamos concluir que, aunque al bebé no se le vea asomar la cabeza, la ducha metafórica de regalos a su progenitora es lo que da pie al nombre. Creo. Una pijada más, lo mires por donde lo mires. Me parece bien hacer un regalo a los flamantes papis cuando nazca el nenuco, pero eso de institucionalizarlo con tarjeta de invitación mediante –cual recordatorio de mi primera comunión– me resulta una extravagancia más salida –como no podía ser de otro modo– del ya de por sí exagerado universo que es Norteamérica.
Lo que está claro es que con “baby shower” o sin él, y a pesar de cómo está el mundo últimamente, el deseo de perpetuar la especie –o la llamada de la sangre, si sois más románticos– se ve renovado con cada nueva generación. Y eso que, para la nuestra, la denominada generación perdida, tener progenie se trate de una labor titánica –frecuentemente postergada por no ser nunca un buen momento– con estos sueldos miserables y el precio de la vivienda por las nubes. Pero, oye: la vida, como siempre, se abre camino.
Y en el caso de mi grupo de amigos más cercanos quienes se han animado a abrir la veda son Laura y Jorge, considerados los papis de la pandilla, porque además de ser los de mayor edad, siempre han ido por delante en todo: se fueron a vivir juntos hace prácticamente quince años, cuando sobre todo Laura era una cría –aunque no dramaticemos, que muchas chicas con esa edad se marchan del pueblo para estudiar en la capital–; vivieron unos cuantos años de alquiler hasta que con tesón y esfuerzo pudieron comprarse un pisito; después de otro achuchón ahorrando consiguieron lo suficiente para celebrar su boda, y, finalmente, han encargado a su primer hijo. En contraposición de esta secuenciada pero meteórica trayectoria, del resto de amigos que somos, lo más aventajado que hemos hecho ha sido independizarnos –que no es poco– pero ya está. En lo que se refiere a completar etapas vitales, estamos a años luz de ellos, aunque tampoco se trata de una carrera.
Y si bien es cierto que ha habido que esperar a 2019 para conocer a su primer vástago, hay que decir que la fantasía de ser padres ha rondado desde siempre en sus cabezas, sobre todo en la de Laura. En estas conversaciones, ya se sabe, lo típico es dejar correr la imaginación con el sexo del bebé, y mi amiga, mayormente, proyectaba una niña en su cabeza. ¿Por qué esa preferencia? Poned aquí todos los clichés ampliamente conocidos: para ponerle vestiditos, para hablar de cosas de chica, para tener una estrecha relación madre-hija, o porque sí y punto (mi favorita). Ante este tipo de afirmaciones, yo –que mi tendencia natural es llevarle la contraria a Laura por pura diversión– no hacía sino rebatirlas todas y cada una de ellas con un razonamiento tan loable como “a ver si te crees que con un niño no podrías tener esas cosas”. Pero como no bastaba para amilanarla, decidí echarle una especie de “maldición” al estilo de la bruja Maléfica en el cuento de “la bella durmiente” prediciendo que, sin duda alguna, lo que daría a luz seria un varón.
Con el paso de los años, al igual que le pasa a Maléfica en la versión cinematográfica con actores, quise retirarle mi embrujo y de paso quitarme responsabilidad, mientras me decía “anda, que como al final sea un niño me van a decir que he tenido algo que ver”, cuando todos sabemos por la ciencia que aquí el único que ha tenido que ver con eso es su señor padre. Que, por cierto, cuando se le preguntaba últimamente por el sexo de la criatura, él pedía una querubina. Ciertamente nunca se había pronunciado al respecto, con lo cual fue un descubrimiento, aunque un tanto soso porque tampoco lo razonó. Otro igual que la madre: porque sí.
El caso es que la fecha en la que se conocería el género del bollo dentro del horno de Laura –“la lenteja”, como le bautizaron sus padres– se aproximaba y, como es natural, la pandilla de amigos estábamos en éxtasis. Incluso propuse hacer una porra. Pero en el último momento se desestimó –por pereza– y porque todos los amigos votamos en bloque que sería niño –ya era demasiado tarde para echar para atrás mi sortilegio– menos su padre, que seguía empecinado con la niña. Obviamente conocéis el resultado porque habéis leído el título –a menos que tengáis memoria de pez y mi verborrea os lo haya hecho olvidar–, y he decir que, al enterarme, tuve sentimientos encontrados: por un lado, me hizo una gracia tremenda acertar y que de algún modo hubiéramos tenido razón todos estos años cuando bromeábamos con Laura. Pero por otro, me pregunté qué habría pasado si la naturaleza hubiera osado llevarnos la contraria y desafiarnos. En cualquier caso, me consta que sus padres están contentos por lo más fundamental, que es la salud de su pequeñín, el cual, cada día sigue haciéndose más y más fuerte.
Como epílogo de esta tierna historia, quería añadir que el ahora “lentejo” llevará por nombre Fernando, y con él, será un homenaje vivo a su ya desaparecido bisabuelo, al cual, le encantaba dicho nombre. La verdad es que no se me ocurre una forma más bonita de mantener unidos a través del tiempo y del espacio a dos familiares separados por hasta cuatro generaciones. Un perfecto comienzo para una vida que, a buen seguro, estará llena de significado y simbolismo. De eso ya se encargará su madre, ¡pues no le gusta na’ el rollo!
